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lunes, 23 de enero de 2012

Del demonio.

Del demonio:

Desde tiempo inmemoriales la aparición de un ser superior ha sido patente, los seres humanos han buscado justificar sus actos en algún "Ser" exterior a ellos, pero evidentemente las personas tienden a igualar las fuerzas para que todo parezca más creíble, y de algún modo hacerlo más real y semejable a su realidad. El ejemplo más visible de creación de ídolos humanoides son los dioses griegos, el caso es bastante curioso ya que no concebían a los dioses como ideales, sino que los construyeron con caracteres puramente humanos que llevaban a la eliminación del demonio como lo conocemos, debido a que cada Dios, como cada ser humano llevaban un demonio dentro al que había que dominar. Algunos dioses griegos dominaban mejor a su demonio interior que otros, y por tal eran más irritables e irascibles, sin embargo otros controlaban adecuadamente a su diablo, así que se comportaban de un modo más afable y cariñoso.
El error humano vino cuando quisieron crear un Dios bueno de por sí, el cual no tuviera ningún rasgos humano, un ideal de justicia extrema que repartiera bondad, amor, felicidad... Por doquier, eliminando el factor humano de esta deidad, pero claro, esta creación no podía quedar huérfana de maldad, así que se consolidó la creación de su némesis, en este caso el demonio, que se caracteriza por todos los elementos negativos como la venganza, la pasión, el deseo, la maldad... Esta creación llevó al ser humano a una deshumanización, valga la redundancia, ya que la imagen a seguir no era humana, ningún ser humano es bueno siempre, ninguna persona puede tender a la perfección ideal que su Dios le indica, es más que le obliga a seguir sino quiere quedar condenado a vivir en el infierno por toda la eternidad. El objetivo que se le imponía a los seres humanos era demasiado elevado, esto ha llevado continuamente a los humanos a una insatisfacción al no poder alcanzar el ideal que se le marcaba, una vez más la religión ponía trabas a la evolución hacia el Neohumano, socavando en siglos la evolución intelectual.
Una vez expuesto de un modo simplista la creación del demonio, vamos a estudiar la lucha que tenemos contra nuestro demonio interior.
Cada ser humano porta en su interior su propio némesis, pero este demonio, a diferencia de lo que se cree, no busca el mal a los demás de por sí, sino todo lo contrario, indaga el bien de la propia persona sin importarle las repercusiones que estas acciones tenga en los demás, en sí esta fue la característica que nos hizo sobrevivir en épocas remotas cuando nos atábamos a la codicia y la envidia como único modo de supervivencia. Como es de recibo este elemento es propio del ser humano y también del Neohumano, la única diferencia que estriba entre ambas razas es como enfrenta estos sentimientos, el humano rehúye estas características, las ahoga en su interior e intenta no escucharlas (Todo gracias al cristianismo), evitando la evolución intelectual del ser humano.

Sin embargo el Neohumano las escucha, las asume y reflexiona sobre ellas, analiza la circunstancias y las diferentes formas de afrontar la situación, estudia los posibles resultados de su actuación y la repercusión que tiene en los demás y por fin tras arduos esfuerzos domina su demonio interior y lo pone a su servicio en pos de un bien común.
"El demonio está en cada uno de nosotros, su existencia es necesaria y deseable"

martes, 1 de noviembre de 2011

Capítulo I: El Génesis y el castigo de los Ángeles Caídos

En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo: y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Dijo pues Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha. Y vio que la luz era buena: y la dividió la luz en tinieblas. A la luz la llamó día, y a las tinieblas noche: y así de la tarde aquella y de la mañana siguiente, resultó el primer día. Dijo asimismo Dios: Haya un firmamento o una grande extensión en medio de las aguas: que separe unas aguas de otras. E hizo Dios el firmamento. De aquellas que estaban debajo del firmamento. Y quedó hecho así. Y al firmamento llamóle Dios cielo. Con lo que de tarde y de mañana, se cumplió el día segundo. Dijo también Dios: Reúnanse en un lugar las aguas, que están debajo del cielo: y aparezca lo árido o seco. Y así se hizo. Y al elemento árido dióle Dios el nombre de Tierra, y a las aguas reunidas las llamó Mares. Y vio Dios que lo hecho estaba bueno. Dijo asimismo: Produzca la tierra yerba verde, y que dé simiente según su especie, y plantas fructíferas que den fruto conforme a su especie, y contenga en sí misma su simiente sobre la tierra. Y así lo hizo. Con lo que produjo la tierra yerba verde, y que da simiente según su especie, y árboles que dan fruto, de los cuales uno tiene sus propias semillas según la especie suya. Y vio Dios que la cosa era buena. Y de la tarde y mañana resultó el día tercero. Dijo después Dios: Haya lumbreras o cuerpos luminosos en el firmamento del cielo, que distingan el día y la noche, y señalen los tiempos o las estaciones, y los días y los años. A fin de que brillen en el firmamento del cielo, y alumbren la tierra. A fin de que brillen en el firmamento del cielo, y alumbren la tierra. Y fue hecho así. Hizo pues Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor, para que presidiese el día: y la lumbrera menor, para presidir la noche: hizo las estrellas. Y colócalas en el firmamento o la extensión del cielo, para que resplandeciese sobre la Tierra. Y presidieron el día y la noche y separasen la luz de las tinieblas. Y vio Dios que la cosa era buena. Con lo que de tarde y mañana, resultó el día cuarto. Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles animados que vivan en la tierra, y aves que vuelen sobre la tierra debajo del firmamento del cielo. Crió pues Dios los grandes peces, y todos los animales que viven y se mueven, producidos por las aguas según sus especies, y así mismo todo velátil según su género. Y vio Dios que lo hecho era bueno, Y bendíjolos, diciendo. Creced y multiplicaos, y henchid las aguas del mar, y multiplíquense las aves sobre la tierra. Con lo que la tarde y mañana, resultó el día quinto.


Dijo todavía Dios. Produzcan la tierra los animales vivientes en cada género, animales domésticos, reptiles y bestias silvestres de la tierra según sus especies. Y fue hecho así. Hizo pues Dios las bestias silvestres de la tierra según sus especies, y los animales domésticos, y todo reptil terrestre según su especie. Y vio Dios que lo hecho era bueno. Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra; y domine a los peces del mar, a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve. Crió pues Dios al hombre a semejanza suya: y a imagen de Dios lo creó: crióles varón y hembra. Y écholes Dios su bendición y dijo: Creced y multiplicaos, y henchid la tierra, y enseñoreaos de ella y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a todos los animales que se mueven en la tierra. Y añadió Dios: Ved que os he dado todas las yerbas las cuales producen simiente sobre la tierra, para que os sirva de alimento a vosotros. Y a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todos cuantos animales vivientes se mueven sobre la tierra, a fin de que tengan para comer. Y así se hizo. Y vio Dios que todas las cosas que había hecho: y eran de gran manera buenas. Con lo que de la tarde y la mañana, se formó el día sexto.
Quedaron pues acabados los cielos y la tierra, y todo el ornato de ellos. Y completó Dios, al séptimo día, la obra que había hecho: Y en el séptimo día reposó o cesó de todas las obras que había hecho. Y bendijo el día séptimo. (Libro del Génesis; Capítulo primero. La Sagrada Biblia.)
Vio Dios que todo lo que había obrado era bueno y ordenó a los ángeles del cielo y a los arcángeles que los dominaban que cuidasen su obra y la observaran desde el firmamento dejando que su más querida creación, el ser humano, se desarrollase por sí mismo. Y así fue como se hizo, el ser humano se extendió por toda la Tierra, desde su nacimiento en África, conquistó todo el firme de la Tierra, usó los árboles y la yerba verde y cazó los animales del mar y la tierra.
Así pasaron los días, los meses, los años y los siglos. Los ángeles del cielo observaban con curiosidad a los seres de la Tierra, sobre todo a los hombres y las mujeres. Se deleitaban con su arte, con sus relaciones, con sus sentimientos y sus iras, se encantaron de sus pasiones y sus quehaceres, y algunos, los “más humanos” sintieron pena por su sufrimiento y decidieron bajar a la Tierra para ayudarles en su evolución. Penemue les brindó los secretos de la sapiencia, instruyó a la humanidad a escribir con tinta y papel; Gadrel les enseñó el arte de la herrería y el trabajo de los metales preciosos; Kesabel le enseñó al ser humano el disfrute que se puede tener con el cuerpo; Samyaza los instruyó en la capacidad curativa de las plantas silvestres; Barkayal les brindó la lectura del firmamento y la agricultura… Pero fue un ángel de cielo, el que más amaba a los humanos, Yekum, quién después de observar, cuidar y amar a los humanos, se sintió seducido por ellos, descendió a la Tierra y yació con una mujer hasta que esta quedó encinta de su simiente. (Basado en “El libro de Enoc”, libro apócrifo de la Sagrada Biblia)
Fue entonces cuando los arcángeles Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel se enteraron de dicha tropelía. Aquellos ángeles habían roto el pacto divino, les habían enseñado a los humanos los secretos de los ángeles. Ahora aquellas criaturas podían cultivar a su gusto la Tierra, escribir su historia, disfrutar de sus cuerpos, interpretar los astros, predecir el tiempo e incluso, mediante la escritura, pasar a la eternidad. Tal fue el enfado de los arcángeles, que estos fueron en busca de Dios y le expusieron todo lo ocurrido. Dios no tuvo compasión para con los ángeles que le habían revelado los secretos a los humanos y los castigo. La sentencia del Señor de los espíritus fue ejemplar, desterró a los ángeles del cielo, los encerró en una prisión sin caducidad y los arrojó al Tártaro por toda la eternidad, selló su presidio y los maldijo por siempre, llamándolos demonios. Tal fue su ira, que Dios se propuso acabar con aquella aberración, envió a los arcángeles del cielo a matar a todos los hijos/as de ángeles y humanos y envió un gran diluvio sobre la Tierra. Inundó durante cuarenta días y cuarenta noches la Tierra, esperando que nada sobreviviese.


Pero fue un ángel del cielo, Azazel, que enterándose del castigo de Dios, se adelantó a su represión y se le presentó a un humano, diciéndole de este modo:
“Noé, Dios no ha tolerado que los ángeles del cielo os hallamos brindado la oportunidad de prosperar y de que luchéis contra la naturaleza. Nos ha denominado Demonios, ha castigado a todos mis hermanos/as, los ha encerrado en un presidio sin tiempo y los ha mandado, sin dejar que se expliquen, al Tártaro por toda la eternidad. Ahora ha decidido que vosotros, los humanos, tenéis que desaparecer para dar cumplimiento a su sentencia. Aún arriesgando mi futuro, he venido a avisarte de ello. Crea un gran arca, escoge una pareja de cada animal y ave de la Tierra, toma a tu familia y aguanta, durante cuarenta días y cuarenta noches, el diluvio que caerá. Cuando pase este tiempo, la lluvia del cielo cesará y las aguas se retiraran, entonces envía una paloma al cielo, cuando esta vuelva con una rama de olivo, sabrás que el agua se ha retirado y la Tierra firme ha recobrado su lugar. Entonces asiéntate y multiplícate. “
Noé obedeció a Azazel, construyó su arca y escogió a una pareja de cada una de las especies que poblaban la Tierra.
Como predijo Azazel el diluvio cayó durante cuarenta días y cuarenta noches. Tras ello la lluvia cesó y Noé envió su paloma. La primera volvió sin nada al poco tiempo, pero al segundo intento la paloma retornó con una ramita de olivo en su pico. Noé y su familia se sintieron felices por el aviso de Azazel y buscaron la tierra firme para procrear y volver a dominar la Tierra.
Dios observó la suerte de Noé, y sin saber la ayuda de Azazel, permitió que el ser humano volviera a poblar la Tierra y a dominar los animales de la tierra. Pero no hubo remisión para los ángeles caídos, su condena fue escarmiento para todos aquellos ángeles que se atrevieran, en un futuro, a ayudar a los humanos.